
Antes de mover un solo tabique, dibuja escenarios reales: el trayecto del café a la mesa, la ruta de juguetes a la cesta, el acceso al balcón. Esos recorridos, medidos y probados, revelan curvas suaves, anchos adecuados y momentos de pausa que organizan sin imponer.

Una mesa larga, una lámpara escultural o una alfombra texturada funcionan como anclas silenciosas. No detienen, orientan. Con ellas, el flujo reconoce lugares de estar, comer o trabajar, evitando choques entre trayectorias y evitando que el mobiliario derive sin sentido por el espacio.

En lugar de levantar límites físicos, propone capas: cambios de textura, variaciones sutiles de tono, iluminación dirigida y altura de techo diferenciada. Estas transiciones señalan inicios y finales de uso, marcan ritmo y permiten que la mirada continúe, preservando amplitud, calma y conexión entre actividades.
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